Hablar de la mujer paraguaya es hablar de historia, de resiliencia y de construcción permanente de Nación. Desde las Residentas que sostuvieron al país en uno de sus momentos más oscuros, hasta las mujeres que hoy ocupan espacios de decisión en la academia, en la gestión pública, en la política y en la sociedad civil, existe un hilo conductor inquebrantable; la determinación de contribuir al desarrollo y al progreso del Paraguay.
La mujer paraguaya no solo ha sido protagonista de momentos críticos en nuestra historia, sino que ha sido arquitecta silenciosa de la reconstrucción, del crecimiento y del fortalecimiento institucional del país. Ha trabajado la tierra, ha sostenido hogares, ha liderado organizaciones y ha formado generaciones enteras con una convicción profunda de que el Paraguay puede y debe avanzar.
Hoy, el desafío es distinto, pero igual de trascendental. El desarrollo de la Nación exige mujeres preparadas, formadas, capaces de gestionar, decidir y liderar procesos de transformación. El país necesita de mujeres líderes, de la kuna guapa, no solo entendida como símbolo de sacrificio, sino como símbolo de capacidad, profesionalismo, estrategia y visión.
En lo personal, este compromiso con el desarrollo del Paraguay ha marcado profundamente mi camino. Como madre, me ha tocado tomar decisiones difíciles. Una de las más trascendentales fue dejar a mi familia para viajar al extranjero y realizar una capacitación académica. No fue una decisión sencilla. Implicó sacrificio, distancia y un profundo desafío emocional. Pero también implicó convicción, propósito y fe.
En todo este trayecto, mi gran motor ha sido la fortaleza que he encontrado en Dios. Estoy profundamente agradecida a Él, porque reconozco que es el principal autor de lo que hoy soy. En los momentos de duda, de cansancio y de soledad, fue la fe la que me sostuvo, la que me dio claridad y la que me recordó que cada paso tenía un sentido mayor. Nada de este camino hubiera sido posible sin Su guía, Su protección y Su gracia.
Estoy convencida de que el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos es el ejemplo. Y el ejemplo más poderoso es la preparación académica, el esfuerzo constante y la búsqueda de la excelencia. Nuestros hijos aprenden más de lo que ven, que de lo que escuchan. Ver a una madre que, apuesta por su formación, que se desafía a sí misma y que cree en el conocimiento como herramienta de transformación, es sembrar futuro.
Gracias al Programa Nacional de Becas de Posgrado en el Exterior “Don Carlos Antonio López” (BECAL), el Estado paraguayo invirtió en mi formación. Esa inversión no constituye un privilegio individual, sino un compromiso personal y moral con el Paraguay, que se traduce en la decisión de retribuir al país con trabajo serio, con una gestión pública responsable, con propuestas que fortalezcan las instituciones y con acciones concretas orientadas al desarrollo sostenible.
En ese camino, tengo el honor de desempeñarme como Coordinadora de Relaciones Interinstitucionales de la Red de Politólogas de la Universidad Nacional de Asunción, un espacio plural, autónomo y apartidario que promueve el análisis, la reflexión y la participación activa de las mujeres en los asuntos públicos. Desde allí, trabajamos para visibilizar el liderazgo femenino y fortalecer la presencia de mujeres preparadas en espacios de decisión.
Asimismo, el Instituto del Desarrollo del Pensamiento Patria Soñada (IDPPS) ha sido para mí mucho más que una institución. Ha sido un espacio que me abrió los brazos, que me recibió con generosidad y que, con confianza y afecto, me ha tomado como hija. Estoy profundamente agradecida por cada oportunidad, por cada espacio compartido y por cada aprendizaje. El IDPPS no solo forma pensamiento crítico; forma compromiso real con el país.
El Paraguay necesita más mujeres en la gestión pública, en la academia, en la investigación, en la política y en la conducción estratégica de nuestras instituciones. Necesita mujeres que combinen sensibilidad social con rigurosidad técnica. Mujeres que entiendan que el liderazgo no es solo ocupar un cargo, sino asumir la responsabilidad de transformar realidades.
La mujer paraguaya ya ha demostrado, a lo largo de la historia, que tiene la fuerza, la inteligencia y la determinación para hacerlo. Hoy el desafío es consolidar ese liderazgo con formación, con redes de apoyo, con fe y con visión de futuro.
Porque cuando una mujer avanza, avanza su familia.
Cuando una mujer se forma, se fortalece su comunidad.
Y cuando una mujer lidera con convicción, preparación y valores, avanza la Nación.
El Paraguay que soñamos necesita de todas nosotras.
Y estoy convencida de que estamos listas para construirlo.