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La consolidación de nuestra democracia depende, antes que nada, de la confianza. En un escenario político que ya mira de reojo los desafíos electorales del próximo año, las máquinas de votación vuelven a estar en el ojo de la tormenta. El Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) ya coordina el despliegue de miles de máquinas para las internas y las municipales. Sin embargo, en lugar de discutir propuestas de fondo para el país, la conversación pública se ve arrastrada nuevamente hacia la sospecha y la teoría de la conspiración tecnológica. Para entender este fenómeno, primero hay que desarmar el mito técnico y, luego, analizar la evidente contradicción de quienes gritan fraude.

 

Empecemos por lo básico: ¿cómo funcionan realmente estos equipos? A diferencia de los sistemas de voto electrónico directo que guardan los datos en memorias internas vulnerables, el modelo implementado en Paraguay mediante la Boleta de Voto Electrónico (BVE) opera, en esencia, como una terminal de asistencia y una impresora de precisión. El sistema es híbrido. El elector recibe una boleta con un chip integrado, selecciona a sus candidatos en una pantalla táctil aislada de internet y la máquina hace dos cosas: imprime el voto en el papel y lo graba en el chip. Antes de depositarlo en la urna, el ciudadano puede verificar que lo impreso coincida con lo digital. El TSJE lo ha repetido hasta el cansancio: las máquinas no guardan información, no “piensan” y no tienen conectividad. El voto sigue siendo físico y totalmente auditable.

 

Sabiendo esto, el debate actual nos regala una paradoja monumental. Hoy vemos a encumbrados legisladores y referentes de diferentes partidos y nucleaciones políticas rasgarse las vestiduras denunciando la “vulnerabilidad” del sistema. Exigen auditorías extraordinarias y siembran dudas sobre el software. Lo curioso, por no decir cínico, es que estos mismos actores políticos ocupan hoy sus bancas en el Congreso Nacional gracias a los resultados procesados por estas idénticas computadoras en las elecciones anteriores. Resulta metodológicamente insostenible validar el sistema cuando el resultado te favorece, pero calificarlo de peligroso cuando las proyecciones futuras no te sonríen o cuando necesitas justificar una derrota interna. Si las máquinas fueran fraudulentas, la legitimidad de todo el Poder Legislativo actual caería por su propio peso.

 

La insistencia en instalar la duda en la opinión pública no es inocente. Responde a intereses políticos muy claros que buscan rédito en el barro de la desinformación. Instalar la sospecha actúa como una póliza de seguro: si pierdo, ya construí de antemano la narrativa del fraude sin necesidad de presentar una sola prueba fáctica. Además, sembrar miedo sobre la transparencia del sufragio solo alimenta el desánimo y el ausentismo. Un electorado apático que se queda en su casa es el escenario ideal para las viejas estructuras clientelares que movilizan el voto duro. Atacar la tecnología es, en el fondo, un intento desesperado por forzar el retorno a las papeletas tradicionales, donde el control discrecional de las mesas era mucho más fácil de ejecutar.

 

Es hora de cambiar el foco. Agredir a una computadora portátil solo demuestra la incapacidad de ciertos sectores para sintonizar con las demandas reales de la gente. La máquina de votación es un canal técnico neutro; no tiene ideología ni convence a nadie. Los votos se ganan en la calle, con coherencia y con gestión. Los municipios al día de hoy, exigen respuestas a problemas estructurales como insfraestructura vial y otros servicios urgentes propios de cada jurisdicción. Aquellas facciones políticas que gastan su energía denunciando conspiraciones de silicio deberían volcar ese esfuerzo en modernizar sus campañas y redactar propuestas programáticas serias. La derrota de un proyecto político nunca es culpa del hardware; es la consecuencia directa de la falta de ideas.

 

En realidad, el verdadero trabajo de las nucleaciones políticas no es pelear contra la tecnología, sino concentrarse en lo que verdaderamente importa: captar los votos, velar por los mismos en el día clave y capacitar como corresponde a los miembros de mesa para cumplir en tiempo y en forma con el compromiso de cuidar la voluntad popular.

 

Al final; culpar a un conjunto de circuitos integrados por un resultado adverso; es el reflejo de una dirigencia para no decir perezosa, que carece por completo de propuestas. Las máquinas de votación no son (ni deben ser) el chivo expiatorio que debe cargar en el desierto de la derrota con el pecado de la falta de visión de las nucleaciones políticas.

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