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22 de agosto: cuando un pueblo recuerda quién es.

Cada 22 de agosto, Paraguay recuerda su folklore. La fecha nos invita a hablar de nuestras danzas, nuestra música, nuestros mitos y leyendas, nuestras comidas tradicionales, nuestras artesanías, el tereré, el ñandutí, el arpa paraguaya, la polca, la guarania, los ñe’ẽnga y tantas otras expresiones que forman parte de nuestra memoria colectiva.

Sin embargo, quizás la pregunta más importante no sea solamente qué celebramos, sino qué estamos haciendo para que aquello que celebramos continúe vivo.

Porque el folklore no es simplemente una representación que aparece una vez al año en una institución educativa, en un festival o en un escenario. El folklore es mucho más profundo: es el saber de un pueblo, aquello que se transmite entre generaciones, que se aprende en la familia, en la comunidad y en la vida cotidiana. La propia definición de folklore alude a los conocimientos, usos y costumbres transmitidos de generación en generación.

Por ello, hablar del folklore paraguayo es hablar también de nosotros.

Una identidad que se construye en la memoria

La identidad cultural no aparece de manera espontánea. Se construye a partir de aquello que una sociedad decide recordar, valorar y transmitir.

En Paraguay, muchas de nuestras prácticas culturales han sobrevivido gracias a la memoria de las comunidades. El idioma guaraní, las formas tradicionales de preparar determinados alimentos, las historias transmitidas por nuestros abuelos, las celebraciones populares, las canciones, las danzas y los conocimientos vinculados con la naturaleza constituyen expresiones de una identidad que se ha mantenido a pesar de las transformaciones sociales.

La legislación internacional sobre patrimonio cultural inmaterial reconoce precisamente este carácter vivo de la cultura. Entre sus manifestaciones se encuentran las tradiciones y expresiones orales, las artes del espectáculo, los rituales y actos festivos, los conocimientos relacionados con la naturaleza y las técnicas artesanales tradicionales. Además, su salvaguardia implica investigar, documentar, preservar, promover, valorizar y, fundamentalmente, transmitir estos saberes.

Esto nos lleva a una cuestión fundamental: una cultura que no se transmite corre el riesgo de convertirse únicamente en recuerdo.

¿Qué lugar ocupa nuestra cultura en el Paraguay actual?

Vivimos en una sociedad profundamente transformada por la tecnología. Las nuevas generaciones tienen acceso inmediato a expresiones culturales provenientes de prácticamente cualquier lugar del mundo. La música, la moda, los contenidos audiovisuales, las formas de comunicación y hasta las maneras de construir identidad están atravesadas por fenómenos globales.

Esto no necesariamente representa una amenaza para nuestra cultura. La cultura siempre ha cambiado.

El desafío está en que cambiar no significa olvidar.

El Paraguay contemporáneo puede incorporar nuevas expresiones culturales sin renunciar a sus raíces. El problema aparece cuando dejamos de reconocer el valor de aquello que nos pertenece, cuando conocemos más sobre culturas lejanas que sobre nuestras propias tradiciones, cuando nuestros niños y jóvenes pueden identificar tendencias internacionales, pero desconocen el significado de determinadas expresiones de nuestra propia cultura.

Por eso, el debate no debería plantearse entre tradición y modernidad como si fueran conceptos incompatibles.

La verdadera pregunta debería ser:

¿Cómo podemos construir una sociedad moderna sin dejar de reconocer de dónde venimos?

El folklore no debe quedar encerrado en un escenario

Existe una tendencia a reducir el folklore a determinadas manifestaciones visibles: vestirse con trajes tradicionales, bailar una polca, preparar comidas típicas o realizar una exposición durante una fecha conmemorativa.

Todas estas acciones tienen valor, pero no son suficientes.

El folklore necesita ser comprendido como una cultura viva.

El tereré constituye un ejemplo significativo. En 2020, la UNESCO inscribió las “Prácticas y saberes tradicionales del tereré en la cultura del Pohã Ñana” como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La práctica fue reconocida no solamente como una bebida, sino como una manifestación cultural y social que fortalece vínculos y transmite conocimientos entre generaciones.

La diferencia es sustancial.

No se trata solamente de tomar tereré. Se trata de comprender el encuentro, la conversación, la reciprocidad, los saberes sobre las plantas medicinales y la dimensión comunitaria que acompañan a esta práctica.

De la misma manera, una danza tradicional no es únicamente una coreografía; una canción no es solamente una melodía; una comida típica no es solamente un plato.

Detrás de cada expresión cultural existe una historia.

Y cuando una sociedad pierde la capacidad de contar esas historias, también comienza a perder parte de su memoria.

Las nuevas generaciones: ¿herederas o espectadoras?

Uno de los grandes desafíos culturales del Paraguay está en la transmisión intergeneracional.

Durante mucho tiempo, los abuelos y las familias fueron espacios fundamentales para conservar historias, conocimientos y prácticas. Hoy esa transmisión convive con nuevas formas de aprendizaje: internet, redes sociales, plataformas digitales y comunidades virtuales.

Esto plantea una enorme oportunidad.

No necesariamente debemos intentar que los jóvenes se relacionen con la cultura de la misma manera que lo hicieron sus abuelos. Debemos encontrar nuevas formas para que puedan conocerla, cuestionarla, reinterpretarla y apropiarse de ella.

La cultura que permanece no es necesariamente aquella que se conserva intacta, sino aquella que logra encontrar nuevas generaciones capaces de darle significado.

Por eso, la escuela, las universidades, las familias, las instituciones culturales y los medios de comunicación tienen una responsabilidad compartida.

No basta con enseñar que el 22 de agosto es el Día del Folklore.

Es necesario enseñar por qué importa.

Una sociedad que también debe reconocerse en su diversidad

Hablar de folklore paraguayo tampoco debería significar presentar una única imagen de Paraguay.

Nuestro país posee una diversidad cultural que incluye diferentes comunidades, pueblos indígenas, lenguas, conocimientos, prácticas y formas de comprender el mundo. La Secretaría Nacional de Cultura ha trabajado en el reconocimiento y salvaguardia de expresiones culturales de distintos pueblos indígenas, reconociendo que estos saberes constituyen una parte fundamental de la diversidad cultural paraguaya.

Por tanto, defender nuestra identidad no significa construir una identidad homogénea.

Significa reconocer la diversidad que compone aquello que llamamos Paraguay.

Nuestra cultura no es una pieza de museo. Es un territorio vivo, diverso y en permanente construcción.

Celebrar también significa asumir una responsabilidad

El 22 de agosto fue establecido como Día Nacional del Folklore Paraguayo mediante la Ley N.º 6864/2021, con el propósito de conmemorar las tradiciones y creencias populares cuyas manifestaciones colectivas contribuyen a mantener la identidad del pueblo paraguayo.

Pero una fecha conmemorativa adquiere verdadero sentido cuando nos permite reflexionar.

Celebrar nuestro folklore debería llevarnos a preguntarnos si estamos escuchando a nuestros adultos mayores, si estamos enseñando nuestras tradiciones a los niños, si estamos valorando a nuestros artesanos, músicos, bailarines y cultores populares, si estamos documentando los saberes que todavía sobreviven en nuestras comunidades y si estamos generando espacios para que las nuevas generaciones puedan conocerlos.

Porque detrás de cada artesano existe un conocimiento.

Detrás de cada músico existe una historia.

Detrás de cada danza existe una memoria.

Detrás de cada palabra en guaraní existe una forma de comprender el mundo.

Y detrás de cada tradición existe una generación que decidió transmitirla.

El desafío de mantener viva nuestra identidad

Quizás el verdadero homenaje al folklore paraguayo no consiste solamente en vestirnos con nuestras prendas tradicionales cada 22 de agosto, bailar una danza o compartir una fotografía de nuestras costumbres.

El verdadero homenaje consiste en hacer que nuestra cultura tenga un lugar en la vida cotidiana.

 

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